Elefante se ríe a carcajadas cuando juega con su cuidador

El compartir emociones con otros  es una de la cosas que más genera empatía. Todos hemos sentido la energía, a veces brutal, que emana de un concierto, cuando la música conmueve al unísono a decenas de miles de personas o la reivindicación de una causa justa en una manifestación que grita “¡Justicia y libertad!”. Pues resulta que esa conexión no es exclusiva de los humanos. Cada vez se hace más obvio que existe una similitud emocional con los animales, especialmente en algunas especies con las que compartimos rasgos biológicos.

En estos tiempos en que cada persona lleva una cámara en la mano y cada momento especial se comparte, es obvio -para quién quiere mirar y aprender- que en un encuentro interespecies, las emociones se comparten, transmiten e incluso se contagian.

Un buen ejemplo es el vídeo tomado en la reserva de elefantes de Mevang en Chiang Mai, Tailandia, de un pequeño elefante con el que un cuidador interactúa, usando como cebo un cubo azul con el que tienta al elefantito que se acerca corriendo.

Como en el patio de un colegio, el muchacho retrocede y el elefante lo persigue entre risas y se acercan y esquivan, y van y vienen. En definitiva, juegan y se divierten ante los sorprendidos ojos de los turistas. El cuidador vuelve a acercarse a él y a tentarle con el cubo que -¿quién sabe?- puede que el pequeño identifique como el habitual receptáculo de su dosis de agua o de su ración de comida. Mayor motivo para correr lleno de alegría en pos del balde.

Se dice que los elefantes están dotados de una portentosa memoria, o quizá no sean más que corrientes bioquímicas asociadas a estímulos: el del juego, del cariño, de las caricias y de los premios de gratificación que pueblan los juegos de una criatura que vive en semicautividad y los afortunados humanos que pueden y tienen el deber de cuidarlos.

El elefantito del vídeo grabado por la doctora británica Laura-Jane Fyfe, a medida que crezca, seguro que asociará estos momentos de broma y juego con su cuidador y puede que reviva esas sensaciones de felicidad. Nada une más que sentir lo mismo. Laura-Jane tampoco olvidará estos momentos en los que la pequeña elefante juega y ríe como lo haría una niña.

Estas imágenes que son una invitación a colaborar en la defensa de los grandes paquidermos, para que los humanos sean custodios y protectores, y no cazadores insensibles en busca de trofeos o marfil. Resulta triste que el animal más grande que camina sobre la tierra deba ser protegido de nosotros, de nuestra supuesta superioridad, depredación, y contaminación.

Ojalá compartir este tipo de informaciones, aunque sea a través de la empatía, contribuya a una conscienciación social imprescindible para demandar los cambios legislativos necesarios a nivel internacional que garanticen el bienestar de estos maravillosos animales.

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